Joaquín Jesús Sánchez.

 

Cuando terminó la licenciatura de filosofía, Joaquín Jesús Sánchez decidió que una de las ramas que más le atraían era la estética. Cursando el máster de historia del arte contemporáneo en el Reina Sofía escogió la crítica como lenguaje de expresión. Dice, estar agradecido por la espontaneidad y generosidad de los amigos que le han ayudado durante el corto camino recorrido hasta ahora. Escribe en ArtForum, Jot Down, El Estado Mental o The Objetive. Ha colaborado en galerías como Galería Alegría (Madrid), Forsblom (Estocolmo) o Maison Louis Carré (París).Mantenemos una larga conversación en el espacio donde por unos días ha estado en residencia, la galería L21.

 

¿Cómo llegaste de la filosofía a la crítica de arte?

 

Cuando estás estudiando filosofía sabes que te estás suicidando laboralmente, pero piensas: al menos me compensará cuando salga de aquí, porque voy a ser Séneca (ríe). Pero al final resulta que no eres Séneca. Pensé que quedaban pocas áreas rescatables de la filosofía en nuestro tiempo, y de las que quedaban la que más me interesaba era la estética. Dejé Sevilla e hice el máster de Historia del Arte Contemporáneo del Reina Sofía. En ese momento tenía conocimientos de teoría del arte, pero no tenía mucha más idea. Ni conocía a artistas, ni a galerías, etc. Tuve la suerte de que mucha gente, que no tenía por qué, se prestó a hablar conmigo (Secundino Hernández, por ejemplo), me encargó textos o me propuso comisariar exposiciones. Casi sin pretenderlo fui construyendo un perfil profesional.Tengo la suerte de haberme rodeado de gente que es generosa, me parece la cualidad más elevada que se le puede pedir a un ser humano. Esto me hace bastante feliz, la verdad.

 

¿Cual piensas que es el lazo de unión entre la filosofía y el arte?

La necesidad de crear imágenes es una cosa fundamentalmente humana. La filosofía que ha querido siempre conocer el mundo, así que también se ha preocupado por este fenómeno; tanto es así, que hay una disciplina de la filosofía que es la estética. Para mí, el vínculo entre filosofía y arte es muy natural, porque al final miro desde ahí. No intento pasar todas las exposiciones que veo por el tamiz de la filosofía porque eso es ridículo. Si relación significa que hay una deuda entre las dos prácticas te diria que no hay lazos, que ambos se aproximan a una realidad que es, de algún modo, compartida.

 

¿Hay algún acto pedagógico detrás de una crítica de arte?

La crítica de arte es la emisión de un juicio sobre una obra, una exposición, una producción… que evalúa asuntos como la pertinencia de una obra en un contexto, el display expositivo, la coherencia del trabajo del artista con respecto a esa exposición, etc. Mi trabajo es emitir un juicio sobre si aquello que se pretende se consigue. La crítica surge para discernir el grano de la paja.  Una exposición puede tener cosas interesantes o cosas que ya se han repetido mucho, puede tener un montaje que dificulte la comprensión de la obra. Puedes evaluar si los objetivos que se plantean están cumplidos o no, pero la crítica habla a los iguales. Un crítico habla a otros críticos, a galeristas, artistas, coleccionistas: gente que está interesada por el arte. No creo que la crítica deba ser la explicación de una exposición, como lo hace el departamento pedagógico de un museo. Un crítico emite juicios, esto es, análisis y opinión a través de una argumentación.

 

En un artículo sobre Arco, en el cual comentabas la censura de la pieza de Santiago Sierra decias : “Los medios generalistas realizan una labor encomiable año tras año, ofreciendo a sus espectadores nuevas excusas para la pereza intelectual”

Cada año voy a Arco con David Morán y jugamos a adivinar cuál será la pieza que va a salir en los telediarios. Es mucho más sencillo para un medio generalista mostrar de nuevo al arte contemporáneo como esa chorrada que gusta a los nuevos ricos. Es muy fácil, más que tener a gente en las redacciones que sepa de arte contemporáneo y tenga criterio. Para hacer una pieza informativa necesitas a una persona que sepa del tema y dedicarle tiempo. Pero es mucho más sencillo repetir las mismas fórmulas. El espectador que ve el telediario cómodamente en su casa dice de nuevo, “¿Ves? Tenía razón, son tontos”. Reafirmarse en una cosa provoca un gozo interno muy evidente. “Tenía razón”. A los telediarios les facilita mucho la jugada y a los espectadores les da una enorme tranquilidad.

 

¿No te parece que a veces es el propio lenguaje escrito en el arte contemporáneo que se aleja de los lectores por su complejidad?

Es cierto que hay gente que cuando escribe sobre arte lo hace de una manera confusa. Cuando alguien escribe así, o bien no sabe lo que quiere decir o bien  lo que quiere decir no merece mucho la pena y lo adorna para hacerse el interesante. Pienso que la mayor habilidad de un escritor es ser claro en lo que dice: decir las cosas bien. Escribir a sabiendas de que lo que dice no se va a entender es inmoral, porque es dar mercancía en mal estado (como es inmoral que el frutero te venda peras podridas). Desgraciadamente hay gente que lo hace y que tiene espacio en los medios de comunicación. Claro que uno tiene derecho a escribir de forma compleja cuando lo que explica no puede decirse de otra forma, pero este es otro asunto.

 

Dice Lucy Lippard : “ Decidí dejar de llamarme “crítica de arte” para llamarme “crítica cultural”, así tenía más espacio en el que moverme”.

Me parece absolutamente legítimo escoger el lugar desde el que uno habla, y lo que me parece fantástico es dejarlo claro. La crítica nunca es objetiva, porque es una opinión. Creo que uno debe ser franco con sus lectores. Cuando escribo sobre arte procuro hacerlo como crítico de arte (no cultural), porque creo que la crítica es necesaria en el ecosistema artístico. Cumple una función importante generando un discurso que enriquece el diálogo general dentro del circuito. Es decir, si alguien a quien respeto, que escribe bien, etc., emite una opinión, a mí me interesa leerla. Evidentemente para ser un buen crítico de arte no solo hay que saber de arte, un crítico debe ir al cine, a la ópera, a un festival de música, debe leer literatura, hablar con artistas… Tiene que saber más cosas que de su campo concreto, porque el arte no es una cosa estanca. Hay que tener una mirada amplia.

 

La exposición colectiva “A modo de conclusión” es uno de tus últimos trabajos curatoriales, en el cual los artistas  trabajan el carácter misterioso de la repetición y su importancia en nuestra historia. ¿Es necesario repetir, para no repetir?

Es una pregunta enigmática ésta (sonríe). El texto de la exposición ahonda ese carácter misterioso, como que la repetición une, de algún modo, los rituales sagrados y la industria. Encontré lugares en los que la repetición aparece de una manera sugerente, les conté a los artistas lo que estaba pensando y les propuse que sus obras establecieran un diálogo en torno a este tema. Las grandes preocupaciones son muy limitadas y es normal que caigamos con cierta frecuencia en la repetición. ¿Por qué seguimos leyendo La Ilíada? ¿o La Divina Comedia o El Quijote? De algún modo nos siguen interpelando y lo hacen en lo básico, en lo humano que hay en nosotros.Otra cosa es que volvamos al Ready Made, por ejemplo, o obras con una estética parecida a las de la vanguardia… a caer en lugares comunes. A mí me consuela que después de 25 siglos la gente se siga preocupando por los mismos temas. Esa idea de Borges de que un hombre es, en un tiempo infinito, todos los hombres, me crea un sentimiento de fraternidad muy consolador. No me parece mal que caigamos en esos mismos  lugares, francamente.

 

¿Hay más preguntas que respuestas en el arte contemporáneo?

No tengo ni idea. Tampoco sé si la función del arte contemporáneo es la de hacer preguntas. No creo que el arte que no plantea preguntas sea un mal arte. Sí que es verdad que hay arte que las plantea y arte malo que juega a ser Sócrates.  Muchas veces se cae en argumentaciones o propuestas que son muy infantiles. El gran arte siempre es enigmático, eso sí. Todas esas obras maestras tienen algo atractivo que quizás puede ser formulado a modo de pregunta. Te interrogan en cierta medida, sí. Ahora bien, estoy convencido que ese tipo de preguntas no tienen una respuesta inmediata, porque si lo que se pregunta se puede responder con una frase hecha el que pregunta es muy torpe.

 

Ahora mismo estás realizando una residencia en la galería L21. ¿Qué te aporta a tu trabajo poder convivir en un espacio expositivo? Vivir por unos días en una galería…

Casi siempre trabajo en casa, no puedo escribir en bibliotecas, cafeterías o lugares públicos porque me distraigo con facilidad, necesito espacios domésticos para trabajar. Este lugar está al lado de un espacio expositivo, es cierto. Si en algún momento quiero salir a caminar por la exposición puedo hacerlo. Estoy rodeado de obras, pero eso no me intimida para nada. No tengo una visión romántica del arte. Estoy en un polígono, lo que me dificulta las entradas y salidas; de algún modo me obliga a pasar un momento de reclusión que es útil. Es un espacio peculiar, interesante, y entiendo que el aislamiento para un artista que venga a producir tiene que ser positivo porque no tienes distracciones: Me parece que si alguien viene aquí a escribir un texto largo o a pintar será fantástico, porque estás aislado.

 

Eres editor junto con Cristina Elena Pardo y Juan Francisco Gordo de la revista Caligrama. Otra de tus publicaciones “La vida breve” se publica solo en Instagram. ¿Te parece un buen formato expositivo?

Instagram es una plataforma ideal para “La vida breve”, que es un martirologio de personajes ridículos. Escribo los textos y el dibujante Julio César Pérez pone cara a los personajes. Para este formato me parece perfecto, pero en general no es que sea una plataforma ideal porque Instagram es un formato normalizador. Ahora te deja editar las fotos, pero no deja de ser un formato de estandarización, con filtros que vienen predefinidos. Se replican las mismas imágenes dando la vuelta al mismo molino. Instagram tiene mucho peligro en este sentido, es una herramienta útil, por ejemplo, si sigues el trabajo de muchos artistas que van contando lo que van haciendo porque ello me permite estar al día y tener acceso a ese artista. Pero el arte hay que verlo sin pantallas de pormedio.

 

La eterna afirmación que solemos escuchar sobre el arte contemporáneo es “No se entiende” pero ¿No crees que aprendemos más de aquello que no entendemos?

Solo convirtiendo las cosas que no entendemos en algo que entendemos podemos aprender algo. Los problemas hay que solucionarlos. El arte contemporáneo ha roto con la figuración, con un código de representación que llevaba siendo así muchos siglos, y que permitía que el espectador leyese ese código y creyese que la obra iba de eso. ¿Es más difícil entender Las Meninas que entender un cuadro de Kandinski? No, sin duda. Cuesta lo mismo. Hay que tener interés, aprender a leer el código y tomarse tiempo. Estoy seguro que el arte no es una cosa para almas sofisticadas, espíritus elevados y mentes de primer orden. Pero sería arrogante que alguien quisiera, en un abrir y cerrar de ojos saber de qué va la película. Creo, y eso me parece triste, que hay mucha gente que está privada del arte en su sentido más amplio porque han tenido una formación que les han hecho pensar que son chorradas; y esto les está privando disfrutar de ello. Y esos formadores me parecen mezquinos.  

 

Para terminar…  Como crítico, ¿Yo veo y tu le das sentido a lo que veo?

No, eso sería muy paternalista. Dedicarme a decirle a la gente lo que realmente ha visto… no. Los espectadores son en general lo suficientemente inteligentes como para saber lo que están viendo.

 

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